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Flâneur

© Teresa Arana Migliassi

El término flâneur (/flɑnœʀ/) procede del francés, y significa 'paseante'​ o 'callejero'. ​ La palabra flânerie ('callejeo', 'vagabundeo')​ se refiere a la actividad propia del flâneur: vagar por las calles, callejear sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y las impresiones que le salen al paso.

Flâneur por Fabián Beltrán

Fotografiar el callejeo de una ciudad detiene el tiempo y espacio de quien deambula, sea que se trate del fotografiado, el fotógrafo o el espectador de la fotografía. Quien cae objetualizado, como quien toma la fotografía o la mira, intensifica el instante ordinario de un gesto minúsculo que pasa desapercibido. El primer paso de un andar, como dice Benjamin, es accesible por la fotografía que captura el más mínimo gesto[1]. Así, lo minúsculo aparece amplificado, adentrado completamente en el instante. Pero no solo se captura algo ordinario, infraordinario, sino que, y precisamente por ello, se intenta capturar una “chispita minúscula del azar” que “el espectador se siente irresistiblemente forzado a buscar en la fotografía”[2].

La fotografía nos quiere tentar con ese azar que siempre infunde vida y nos llama ¿pero qué ciudad se ha detenido en estas fotografías y quién es el caminante que azarosamente aparece? Es la pregunta sobre la que cabe detenerse como el instante de la fotografía para decir que la ciudad y el flâneur son irrelevantes, pues todas son una en los escaparates que “abren y prohíben al mismo tiempo”[3] lo mismo, que siempre es tan distinto, a cualquiera. Sin las marcas de una lengua o las asociaciones de ciertas configuraciones espaciales, todo sería exactamente lo mismo. La misma estación de metro con sus rostros; las mismas mercancías en los escaparates; Séneca, incluso, seguiría siendo el mismo, como la reiteración cacofónica y agobiante de una misma palabra.

Sin embargo, el callejear es también una forma de ocio, un moverse sin rumbo dentro del espacio de la ciudad que no responde a la lógica de productividad imperante; y en ello puede pensarse su lugar en un sentido menos pesimista. Este ocio que, como se lee en una de las citas del Libro de los Pasajes, acompañaba a callejeros ilustres como Beethoven, que caminaba por la ciudad componiendo[4], como a cualquier persona porque el ocio no pertenece solo a los “grandes” o “famosos”. Menos resulta ser algo extraordinario y milagroso por más que esté a contra-tiempo o en un intersticio del tiempo ordinario de la vida y del trabajo. Menos si callejeamos porque, aunque lo hiciéramos en zancos hechos por nuestros pensamientos, siempre andaríamos sobre nuestras piernas como elegantemente Montaigne habla contra los trascendentes al final de sus Ensayos[5].

 Pero este texto no se trata realmente del flâneur, que en este caso sería la fotógrafa más que el fotografiado cansado y llevado por la ciudad para producir, al menos si uno se atiene a lo que observa y no a lo posible. El callejeo y estas palabras sin rumbo como las fotografías se tratan sobre imágenes frente al espectador. Y esto, ciertamente, refulge bajo un nuevo brillo. Porque la fotografía del flâneur nos hace a recorrer y caminar junto a la fotografía, al mismo tiempo que nos expone subrepticiamente a la dialéctica del callejeo, a saber: ser observado por todos como un sospechoso y por otra parte ser el “absolutamente ilocalizable, el escondido”[6].

Finalmente, si el tiempo detenido es también el de quien observa, ensayar nuestra vida como este texto mientras miramos las fotografías solo puede producir extrañeza. Callejear y ver rostros desnudos significa algo distinto hoy.  Y si el mundo pandémico reclama la normatividad futura, entonces este conjunto de fotografías serían también un hecho histórico y pasado de una cotidianidad que nos interpela todos los días, y donde el sospechoso y el ilocalizable se han extremado. Entonces uno puede repetir con Benjamin “¿pero no es cada rincón de nuestras ciudades un lugar del crimen? ¿No es cada transeúnte un criminal? ¿No debe el fotógrafo -descendiente del augur y el arúspice- descubrir la culpa en sus imágenes y señalar al culpable?”[7]


[1] Benjamin, Walter. “Pequeña historia de la fotografía”, en: Iluminaciones. Bogotá: Taurus, 2018, p.76.

[2] Ibid.

[3] Echeverría, Bolivar. “Deambular. Walter Benjamin y la cotidianidad moderna”, en: Siete aproximaciones a Walter Benjamin. Bogotá: Ediciones desde abajo, 2015, p.93.

[4] Benjamin, Walter. Libro de los Pasajes. Bogotá: Akal, 2013, p.456.

[5] Montaigne, Michel de. Los ensayos. Barcelona: Acantilado, 2007, p. 1668.

[6] Op. cit. n.4, p. 425.

[7] Op. cit. n.1, p. 90.


“Flâneur” por Elías Valenzuela

1.-       

fuera de foco en el estrés de las calles,

la ciudad que hierve,

que revuelve rostros y pasos,

trazos de vida que se escapan en cualquier punto de fuga.

2.-

del otro lado, en otro paralelo, en otra dimensión

sumergido en el abismo, haciendo los mil pasos,

la elipsis del desamparo, flâner,

recorrer los rincones como quién persigue a su sombra,

como si fuese posible perder el tiempo,

tomar la tangente,

abrazar el fragmento de ciudad que acarician los pasos.

3.-

el espasmo cotidiano,

el estrepitoso zumbido de las calles,

la defensa indefensa del espacio propio,

el charco que se cuela hasta los huesos,

el abrazo que se aleja indiferente a esta soledad,

este silencio sordo que se va quedando ciego,

ante el indescriptible pavor a lo desconocido.

Estas calles que se vuelven,

que son, que van siendo heracliteanas,

huérfanas y a la deriva.

4.-

paraguas sonámbulos van poblando la ciudad,

la memorìa que vas dejando atrás,

refugiandote en un café,

admirando los colores que pululan, que invaden

la ciudad gris bajo esta lluvia tan llena de saudade,

el golpeteo del agua en la ventana como un fado,

un canto triste en algún puerto lejano, como un susurro.

5.-

la ciudad se eleva, se levanta en esta mañana gris,

la bruma atraviesa los tiempos, las edades, los siglos

llenando las calles de misterio y las mañanas de pereza,

las líneas de la ciudad quiebran el paisaje,

trazan,

conspiran una estructura, un orden por oposición

ante el caos, el desconcierto de la vida que la habita,

que va fraguando existencias paralelas,

bifurcaciones más o menos conscientes,

sueños de una noche de verano imposibles.

6.-

ingresar al misterio de la muchedumbre,

el lado oscuro de la ciudad lleno de luz,

lleno de misterio en cada mirada,

cada paso saltando al vacío de los desconocido,

la bestia urbana que traga y vomita humanidad,

sobrepobladas las calles, vitrinas que lo multiplican todo

7.-

la rutina, el ir y venir encerrado en el sí mismo,

ver sin observar o la inversa, o como se diga.

El cansancio de la rutina carcome el lenguaje,

los cuerpos silenciosos se abstraen de la gravedad,

de la falta de sueño, de las horas perdidas

en el vaivén del vagón vacío de humanidad y tan lleno de gentes,

como yo que desciendo a este infierno para alcanzar el purgatorio.

8.-

sonámbulos reflejos de una vida inexistente,

el número suma y sigue, veo en mi deambular los recovecos;

la vida que se pasa una estación y el cuerpo ya se fue,

mis pasos siguen perdidos, sordos y ciegos en este subterráneo,

flâneur de rien, je ne suis que des pas perdus dans la ville.

9.-

Paris, New York, Santiago

que impotencia la de la ciudad gris ante el amor,

todo rincon es un beso posible, toda esperanza:

una flor que germina en el cemento.

Flâneur, voyeur,

que diferencia hay ante un beso,

ante una caricia que no nos está dirigida.

10.-

hay como un temblor que se lo lleva todo,

las calles se van vaciando de gentes,

las esquinas se vuelven portales a lo desconocido,

puentes a mundos diversos, descansos para los pies,

las miradas curiosas de un lado a otro de la avenida,

la ciudad, esta y no otra, por fin es nuestra,

mía en verdad, mía y de mis lentos pasos,

de mi andar casi susurrando al asfalto.

11.-

un salto al abismo,

un andar mirando cualquier lugar menos mis pasos,

menos el rumbo que voy tomando,

que va poblando este deambular, este estar aquí y ahora,

con el vuelo de ese pájaro perdido,

extraviado del bosque y sus melodías,

así como este flâneur que voy siendo en cada paso,

en cada observación que voy haciendo del mundo,

extraviado.

12.-

una pausa, un espacio de otro tiempo,

otro tempo en los pasos fatigados,

abultandose uno contra otro en el deambular vagabundo,

un estar sin estar, sin ausencia más que la del hogar,

la hoguera que ha quedado atrás,

una pausa como una redonda,

y volver a retomar los caminos,

el incierto cotidiano.

13.-

la explosión posible de alegría o de tristeza,

un juego que se vuela, que se aleja encontrando su libertad,

las calles están llenas de encuentros fugaces,

malabaristas de la sorpresa, de la ilusión infantil dentro de cada adulto,

el desencuentro constante de aquello que se cree que se busca,

la sonrisa fácil de un anecdotario segundo

14.-

la infancia que se nos presenta como memoria,

como recuerdo de quienes fuimos,

la ingenuidad, la alegría de ser y estar que buscamos replicar,

caminando las calles,

observandolo todo con ojos nuevos, o no tan nuevos,

o simplemente inquietos, curiosos de vida, de sueños,

de sorpresas, esas cotidianas,

casi, casi imperceptibles, casi, casi como un juego.

15.-

la luz y la sombra, el juego musical en las paredes,

el ritmo, el tempo improvisado de la luz,

la sombra que lo invade todo,

el silencio

                       la imagen

esa que todo lo recuerda como deteniendolo todo,

este aquí y ahora que no será más,

ni menos que estos pasos repartidos por la ciudad.

16.-

la calle, el teatro de la calle,

los tramoyas, los actores secundarios de este ir y venir,

ciegos de gentes, abrumados de ausencias,

la soledad de unos pasos consumidos por el consumo,

por la irreparable fugacidad del tiempo,

por la soledad que lo va consumiendo todo.

17.-

como un temblor,

como una esquizofrénica mirada ante el movimiento,

ante lo desconocido del transitar las calles,

las sorpresas a flor de piel,

los pasos que se detienen,los ojos que observan,

mirar la ciudad sin borrar a sus gentes,

o la inversa irreparable, las gentes que no se ven,

este tembloroso testimonio de un andar sin rumbo.

18.-

la soledad, las miradas que ya no volveremos a ver,

el encuentro de unos ojos que añoran llenos de nostalgia,

tratando de soñar futuros posibles,

abismos en los que la pena cae sin fin,

la calle es todo esto y más, mucho más y mucho menos que la vida,

la calle es parte del infinito continuo del espacio-tiempo,

la gravedad que todo lo altera.

19.-

Flâneur,

como un quiltro pura sangre,

el arrebato de los pies atravesando las calles,

habitando los rincones de una ciudad gris y hedionda,

una ciudad en apariencia,

maquetada muchas veces como aspiración de otros mundos,

patiperro o Flâneur,

callejero en cualquier ciudad,

cualquier soledad acompañada por los paseantes.

20.-

el frío de la ciudad abriga las soledades,

las miradas perdidas un paso tras el otro,

este ir rondando la locura de las andadas,

las almas perdidas capturadas en un segundo,

en una mirada impregnada de luz,

de sombras que habitan la dualidad de ese estar ahí,

acariciando la huella luminosa, siendo ya pasado;

un presente inexistente.

21.-

hay una esquina sola,

un rincón desde el cual verlo todo,

el mundo desde el otro lado del espejo, en la otra acera,

acercando su mirada telescópica al silencio de la cámara lúcida,

el abismo al que se enfrenta la mirada, el silencio de la ciudad.

El instante eterno,

el click que todo lo detiene.

22.-

a la deriva, esperando un segundo,

un respiro, necesario ante el silencio,

las calles vacías de espanto,

un solo camino es posible,

una sola dirección guía todos nuestros pasos,

reconocerse en una soledad otra,

otra mirada vagabundeando por el mundo.

23.-

a veces se mira sin ver un horizonte,

más allá del cuadro de nuestras vidas,

más allá de lo visible, lo nombrable del camino,

a veces nos encontramos con esa esperanza en una esquina,

cualquier cruce de caminos.

24.-

el sol que socava las cosas, todas las identidades,

la luz y la sombra, el peso de las cosas y los sueños,

la soledad que se vuelve un hábito,

un modo de habitar el mundo,

la ciudad esta que estamos siendo a cada paso,

en cada plaza, dando cara al sol de los días,

como si este deambular todo fuese la vida.

25.-

será que todo esto ha sido un sueño,

un despertar,

una añoranza de las calles que he caminado,

un recorrido, una mirada furtiva a todo ese mundo que me habita,

que ha ido fijando estas imágenes,

los recuerdos del mundo que fui, que viví.

¿Será que aún hay un Flâneur que en mi duerme?

¿será que mañana volveré a las calles?

¿y tú?

26.-

yo veo el detalle de las cosas simple,

lo onírico de la realidad que nos embarga,

que nos roba sueños, nos los esconde en todas las esquinas,

callejero recolector de postales cotidianas,

sublimes guiños a ese yo que hay en los otros,

en la ciudad que soy y que me habita.

¿Y tú?

¿qué harás tú de estas imágenes,

con estos recuerdos repartidos?

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